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¿Viste cuando todo está tranquilo? ¿Cuando sentís que la vida te sonríe y estás en tu mejor momento?
¿Cuando no para de llover, pero vos seguís sonriendo y mostrándole al mundo tu mejor cara?
Y de repente se te viene todo abajo. No lo esperabas, pero de esa lluvia suave se desata la tormenta más fuerte y te saca la sonrisa de lugar. Te borra absolutamente toda gesticulación alegre, y solo te deja una mueca triste en la cara.
Cuando todo lo que parecía brillar, empieza a sacar todo ese polvo que estaba ahí. Ese que vos no veías, pero que existía y se ocultaba de vos.
¿Viste cuando no queres creer que las cosas están mal? Cuando queres seguir creyendo que estás feliz, que no hay nada que te mueva de esa felicidad, pero que no tan en el fondo sabes que las cosas no están caminando como querías. Que la lluvia cada vez es más intensa, que realmente te estás desviando de esos planes tan lindos que habías logrado imaginar y empezar a andar.
¿Te acordás cuando tu papá te enseñó a andar por primera vez en bicicleta y lograste dar tus primeras andadas sin su ayuda? ¿Podés sentir de vuelta esa satisfacción propia por sentirte tan realizado? ¿Te acordás de tu primera caída de esa bici luego de la satisfacción que te causó? Y ahora... no haces más que levantarte del piso y con ojos caídos, volver a empezar... desde cero; seguir aprendiendo, intentando, probando.
Un tropezón no es caída, dicen. Y a eso lo tengo bien claro. Pero... ¿quién te saca ese dolor después de la caída? ¿Quién te borra ese puchero de la cara cuando te ves el raspón que ocasionó tu desliz?

¿El tiempo? Puede ser.
Yo SE que este tropezón mio, no es una caída infinita. Que voy a poder levantarme, seguir. Empezar desde cero, aprender, intentar, probar y afirmar mis técnicas. Pero realmente si me preguntás como estoy ahora, te digo: mal. Te digo que no hay nadie que pueda borrarme esta expresión que tengo pegada a mi cara. Esa que antes era una sonrisa de oreja a oreja y que ahora se transformó en una burla a mis ganas de estar bien.
Si me preguntás que pienso hacer al respecto, te digo: nada. Pero porque no puedo, porque no veo una solución tan firme como para hacerle frente a esto mismo que sentí la primera vez que me caí de mi bicicleta, cuando mi papá me miraba con cara de: "ya lo vas a hacer bien" y me ayudaba a volver a empezar. Porque ahora no tengo a nadie que me ayude a volver a posicionarme en el cero y despegar de nuevo. Ahora me tengo a mi, sola. Ahora tengo el camino para andarlo, la vida para cruzarlo, y las piedras para aprender. Sola.
Y si me decís qué estoy sintiendo en este mismo momento, te digo: "No tengo ganas de sentir". Así que solo estoy pensando en como levantarme para seguir mi camino, sea cual sea, con la circunstancia que sea y el impedimento que sea... solo quiero seguir.



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